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Marcelo Vertua

Acerca de Marcelo Vertua

La información biográfica de MV, al igual que su vida, se encuentra en permanente estado de reconstrucción.
Marcelo Vertua

El regreso del Edipo pródigo

Me gustaría cerrar el año pum para arriba, pero no puedo mentirme. Una vez más, las publicidades y los saludos para las fiestas comienzan a dañar mi sistema nervioso. Además, está mi nueva situación laboral. Dejé la prisión de baja seguridad en la que estuve varios años, y desde hace un mes trabajo en casa. Arranqué con un emprendimiento propio y tengo un montón de cosas para hacer. Pero como todavía no sé si va a funcionar, lo hago con mucha calma, como tanteando en la oscuridad empresarial. Me tomo mis tiempos, y en cuanto más tiempos me tomo y más al pedo me siento, más extraño a mi mujer mientras no está en casa.

Nunca fui una ventosa y jamás soporté que mis parejas lo fueran. No entiendo qué me está pasando, pero si sigo así, en cualquier momento me pide el divorcio. Sé que la estoy asustando y no puedo evitarlo. A la mañana temprano, cuando sale, me levanto para despedirla, le averiguo la temperatura, le aconsejo qué ponerse (nada muy ajustado) le doy un pico y me sale un lastimero: “volvé prontito”. ¡Prontito! ¡Jamás hablé así! Estoy perdido. Durante el día quiero llamarla a cada rato y si se larga a llover me da ganas de decirle que la extraño mucho y pedirle, como una madre, que vuelva a casa con mucho cuidado.

¡Labura a tan solo diez cuadras! Tengo que aflojar… y no, hasta este preciso instante no se me cruzó por la cabeza ir a verla al mediodía con un tupper para que almorcemos “juntitos mucho” en la plaza.

En realidad, me parece que todo esto es una jodidísima regresión, capaz de llevar la pareja a la jodidísima ruina. Es que cuando era chico y mi vieja se iba a laburar o hacer trámites, yo me quedaba en casa con mi tía abuela. Según ella cuenta, me ponía a mirar por la ventana, diciendo: “¿Mi mamá cuándo viene?”. Mi tía intentaba distraerme, y yo: “¿Mi mamá cuándo viene?”. Al rato estábamos los dos llorando. Yo por mi vieja, y mi tía por ese enano que a los tres años ya era socio vitalicio del Club del Sufrimiento.

Más allá de la hora que me tomo para desayunar, parte de mi nueva rutina consiste en despertarme y no tener idea de cómo seguir con esa convención llamada día. Duermo siesta cada tres o cuatro horas y, casi sin darme cuenta, terminé dando vuelta los horarios por completo. Soy un murciélago. A eso de la medianoche me acuesto con mi mujer y una vez que cae frita, me voy para la computadora y arranco con la jornada. La otra madrugada, en penumbras, entré a la habitación, me quedé mirando quince minutos cómo dormía con la boca abierta, y tuve una idea que me pareció genial. Al otro día se la comenté:

–Mi amor, ya encontré la manera para no extrañarte tanto. Me quedo despierto hasta que te vas a laburar, y recién ahí me acuesto. Duermo hasta bien entrada la tarde y me levanto justo antes de que llegues. Así estoy fresquito como una lechuga para prepararte una rica-rica merienda, ¿dale que sí?

Me miró seria, sonrió y me dijo:

–No sé si reírme o salir corriendo.

Tengo miedo. Estas regresiones sé cómo terminan. En cualquier momento aparece en casa con un chongo y le dice: “te presento a Marcelo, mi hijito del que tanto te hablé”.

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Cada quien con sus demonios (Kata ton daimona eaytoy)

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The Crystal Ship

Tengo la cabeza llena de fechas que no me sirven en lo más mínimo, y no puedo echarle la culpa a Sarmiento ni a Felipe Pigna. Por ejemplo, sé perfectamente qué día fui al recital de Duran Duran, un grupo que nunca me gustó mucho (fui gratis).  Fue el 30-04-93 en Vélez (se me cayó una sota), me acuerdo que en un momento encendieron todas las luces del estadio para filmar parte de un videoclip, y me acuerdo que después hicieron un cover de Los Doors.

Lo cierto es que una fecha pelotuda me lleva a otra fecha pelotuda y así ando, con tortícolis de tanto mirar pelotudamente hacia atrás. Todos los años, cuando se acerca el aniversario,  rememoro una lejana noche en Sunset en que subestimé un dolor de panza y terminé haciéndome encima. Me la paso recordando (y saludando mentalmente) el cumpleaños de gente con la que perdí contacto hace siglos y, lo que es peor, el cumpleaños de familiares de esa gente. Por eso, que me acuerde que el jueves pasado Jim Morrison hubiera cumplido 68 años, no es nada raro

Los días son claros y llenos de dolor,

envuélveme en tu suave lluvia,

el tiempo que viviste fue demasiado loco,

volveremos a encontrarnos,

volveremos a encontrarnos.

Hace muchos muchos años (ADD, antes de Duran Duran) vi un video de los Doors en el Ed Sullivan Show y flasheé, así nomás. En tiempo récord conseguí todos los discos, los hice sonar hasta tatuármelos en la memoria y no paré. A partir de ahí, me dediqué a analizar cada una de las letras y los poemas que Morrison escribió. Vi todas las películas que hizo, estudié cuanta biografía andaba dando vueltas, repasé una y otra vez los documentales acerca de su vida y me arruiné la mía, convencido de que tenía que vivir en pedo y morirme a los 27.

Sobreviví, es decir cumplí 28, y de a poco logré ir corriéndome de las sombras que proyectaba el Rey Lagarto sobre mí. Seguí adelante, y de a poco volví definitivamente a ser yo mismo. En el 2004, por acto reflejo, saqué entrada para ir a Vélez (no iba desde el 93, se me siguen cayendo las sotas). No estaba muy seguro de lo que podría encontrar, pero llegando al estadio me di cuenta. Aunque sólo se tratara de Los Doos, imaginaba que al escuchar esas canciones en vivo podría terminar de matar el fantasma. Cerrar el círculo como quien dice.

No sé si fue el eclipse total de luna de esa noche o el olor a porro que se me quedó impregnado, pero al finalizar el recital las preguntas habían crecido lo suficiente como para romper el candado de donde las escondía: ¿Por qué el chabón necesitaba tanto morirse? ¿Qué lo llevó a ahogar su talento en un mar de whisky? ¿En qué parte de su cabeza se criaban asnos? ¿Cómo hacía para escribir canciones alucinantes y, al mismo tiempo, convertir su vida en un mamarracho? ¿Fue su infancia, el padre militar, algún abuso, las constantes mudanzas de su familia? ¿Fue falta de amor o de jugadores?

Oh, dime dónde se esconde tu libertad,

las calles son campos que nunca mueren,

libérame de las razones por las que preferirías llorar,

yo prefiero volar.

Este año cumplí el viejo sueño de viajar a París. Caminé por el barrio que él caminó cuarenta años antes, me saqué fotos en la puerta del edificio donde vivió y murió, y en el Père Lachaise, frente a su tumba, de la nada me puse a temblar como una viuda, recordando el significado de esas palabras en antiguo griego que su familia eligió como epitafio: Kata ton daimona eaytoy. Jim Morrison dejó un racimo de exquisitas canciones y despegó rápido para que yo me quedara mirando el cielo. Lo que él más deseaba era tirar la toalla y saltar del ring, incluso antes de la campana inicial. Eso es todo lo que sé y voy a saber de él. Ninguna fecha, disco, poema, periodista o psicólogo pueden explicarme ninguna vida.

Ni los demonios que la habitan.

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Síndrome de match point a favor

En Siempre es medianoche, uno de los personajes de Hanif Kureishi dice: “Las personas enferman cuando no llevan la vida que deberían llevar”. Lo admito: estuve trece años agonizando, llorando y arrastrándome por los pasillos de un laberinto que yo mismo diseñé. Atravesaba los días como si fueran un campo minado: aterrado, furioso, lleno de espanto, soñando en silencio con una vida al revés, acorde con mi manera de pensar.

Al final, cuando el hartazgo le ganó al pánico y desde larga distancia, casi sin mirar, lancé el balón hacia arriba y de pronto encontré el resultado a mi favor, no me creí Manu Ginobilli, sino que me sentí sucio e indigno, indeciso entre huir o festejar.

Ahora no es que esté todo el día tirado en la playa ni tampoco me levanto al mediodía, pero ya no tengo que correr al doctor.

No quiero convertirme en el nuevo Ari Paluch o Bernardo Stamateas, pero creo que a veces, con la excusa de sobrevivir matamos lo que amamos. Mi mayor miedo no era fracasar, si no dejar atrás la culpa y concretar lo que apenas me animaba a desear.

 

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Día de la Liberación, seguido de Intimación

No es que me considere un país, pero así como existe el 9 de julio en Argentina, el 4 de julio en Estados Unidos, y el 14 del mismo mes en Francia, desde este año para Mí existe el 4 de noviembre, y debo agradecérselo a Los Martes Miento.
No sé si la revista tiene un alcance inimaginable, o me estaban vigilando. Lo cierto es que Amo, Gerente, Captain-my-Captain o como diablos se llame a aquel que digita tu vida durante nueve horas diarias cincuenta semanas al año, leyó el último post y me regaló un ticket de ida hacia mi libertad incondicional.

Gracias Los Martes Miento, se los digo de corazón y, en serio, no hay problema de que se rían de mi segundo nombre. Lo único que les pido es que me pasen urgente de “meritorio” a “contratado”, y empiecen a depositarme el sueldo que tanto merezco y desesperadamente necesito.
Si no, carta documento.

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La trampa de la liquidez

No puedo quejarme, gracias a este laburo me compré un auto y dos LCD, uno para la habitación y otro para el living. Amueblé el departamento y pasé dos veranos inolvidables, quince días en una cabaña a metros del mar. Gracias a este trabajo y a la obra social, mi mujer recibió un tratamiento costosísimo en un hospital de primera. Gracias a este trabajo, después de todo ese miedo y dolor, pudimos hacer una gran fiesta de casamiento e irnos un mes a Europa.

Me fue bien, ¿no?

Me fue bárbaro, hace diez años que estoy asfixiándome en este laberinto de escritorios, pidiendo permiso hasta para ir al baño, yendo una y otra vez en contra de mis principios y soportando toda clase de pequeñas grandes humillaciones. En este trabajo, sin emitir una sola queja, dejé lo que supuestamente eran los mejores años de mi vida. Engordé, perdí pelo, viví años contracturado y fui advertido por usar polera, llegar tarde, caminar despacio, tener cara de culo y escribir “Hola” en lugar de “Estimado”. Gracias a este trabajo nunca dejé de sentirme vago y sospechoso, a pesar de que jamás me robé una birome y trabajé como un animal, salvo algún mediodía que me escapé al cine. Gracias a este trabajo perdí muchas vacaciones y varias chances de acompañar a mi mujer en su peor momento. Aprendí a ejecutar órdenes y contraórdenes al mismo tiempo. Aprendí a bailar toda clase de ritmo durante nueve horas diarias, y me especialicé en festejar para adentro el simple hecho de que los gritos o los telegramas no fueran dirigidos a mí. Gracias a este trabajo llego a casa agotado y sin ganas de hablar con nadie durante horas, o con ganas de boxear al primero que se me cruce. Gracias a este trabajo sufrí tortícolis, diarreas, depresiones y crisis nerviosas. De bonus track, casi hago quebrar a la obra social que tanto me ayudó: me reintegraron fortunas por las constantes visitas a traumatólogos, kinesiólogos, gastroenterólogos, psicólogos y psiquiatras, quienes me recetaron pastillas que me dejaron el estómago dado vuelta y el cerebro agrietado, listo para afrontar cada jornada laboral con la alegría que me caracteriza.

Me fue bien, ¿no?

Me fue de maravilla, y cuando me asciendan y me den más tareas y responsabilidades, me va a ir mejor todavía. Porque eso significa que en algún momento van a aumentarme el sueldo. Entonces voy a buscarte para refregarte en la jeta cada uno de mis logros.

Y allá vos.

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Forrazo

No me banco a la gente que cuando te explica o te cuenta algo, usa “A VER”. Es como que te dicen: “bancá un toque, que busco en mi inagotable fuente de imaginación y conocimientos El Ejemplo que de una buena vez te permita salir de la chatura mental en la que vivís”.

¿Pero quién sos? ¿María Kodama, Mariano Grondona o Julio ídem? “A VER” un carajo, conmigo no te hagás el Nico Repetto ni la Graciela Borges. Hablame bien, ¡mierda carajo!

Tampoco me banco a la gente que cuando te cuenta algo, manda: “…y entonces hice CLIC y descubrí que nunca más en mi vida iba a…”

A veces, según la historia, el CLIC le sirve al protagonista para darse cuenta de que no tiene que comprar más fiambre en Coto, o que le conviene dejar pasar el primer bondi para tomarse el siguiente, que por lo general llega vacío y con el lector SUBE funcionando a pleno.

“A partir de ahí supe que nunca más iba a trabajar en la televisión. Lo mío era el teatro… de revista”. Me da bronca. El CLIC es para los grandes cambios, para las verdaderas revoluciones interiores. Un auténtico CLIC es algo que te cambia la vida. Tal vez por eso me enferma escucharlo en cualquier conversación: llevo décadas esperándolo y nunca nada: me la paso deshojando almanaques para descubrir que soy el mismo forrazo de siempre.

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Lotería genética

Ahí viene la hija del dueño.

Bronceada, sonriendo

repartiendo Toblerone

comprado en el free shop.

Pasa por los escritorios diciendo: ¿Todo bien?

Su contrato es por estación:

tres meses hace que trabaja

y tres meses se va al campo, a la nieve o la playa.

Jamás se olvida de los chocolates

y de tratarnos como desagradecidos

inútiles

y gordos vagos.

 

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Atún

La otra noche soñé que iba al médico. Soñé que me encontraba sentado frente al señor de guardapolvo, escritorio de por medio, e intentaba fugarme de lo que me decía, mirando la pared llena de diplomas. El doctor leía el resultado de unos estudios, negaba con la cabeza y se frotaba la barbilla: “lo siento, pero lo suyo es un típico caso de leche podrida”, concluía. Yo intentaba preguntar, quejarme, insultarlo, pero mi voz era un hilo de balbuceos que el muy sádico aprovechaba para cortar con metáforas: “Digamos que en lugar de espermatozoides usted tiene sea monkeys”, me decía sonriendo.

Corte. En el sueño yo aparecía solo, muy solo en la calle, llorando a mares… mares poblados de sea monkeys.

Corte. Ahora estaba en el baño de casa, odiándome y pegándome un tijeretazo justo ahí. Pero en lugar de desangrarme como el marido de Lorena Bobbit, descubría que mi interior estaba hecho de atún, no sé si al natural.

Apenas me desperté, fui al baño, hice pis, me miré bien e intenté masturbarme. Necesitaba confirmar si de ahí salía aloe vera o crema mascarpone, pero la película con Reina Reech (sí, ¡me calienta esa viaja turra!) era constantemente interrumpida por la cara del médico, y entonces me acordé: se trataba del mismo sorete que una vez, en la revisación de la pileta del club, me había dicho: “si no te podés tirar la pielcita más para atrás, no vas poder estar con chicas”.

Yo tenía seis años y lo único en claro fue que nunca iba a tener novia.

Pasó el tiempo y, a pesar del miedo y el trauma, descubrí que no sólo podía tener novia, sino que también era capaz de hacerla jadear de alegría. Pasó más tiempo, me casé y llegamos al presente: momento de definición en el que con mi mujer estamos intentando tener bebés sin hacer del sexo un tie break. Nuestros relojes biológicos amenazan con hacer estallar las alarmas, pero tratamos de no aturdirnos antes de hora. Eso sí, cada vez que algún hinchapelotas nos pregunta “¿Hijos para cuándo?”, le respondo: “Hijos no sé, pero atún tenemos para rato”.

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Marcelo Vertua

Ley 20.744

Les envío noticias,

música, reseñas, presentaciones,

carteles de Crónica TV

y fotos trucadas con su caras.

Chateo, me hago pasar por otro,

y los hago caer

y levantarse de risa.

Subo a facebook el álbum del último cumpleaños,

lo comentamos y nos ponemos al tanto de todo.

Organizamos el fútbol del jueves

la cena del viernes

y designamos quién compra el regalo

del que se casa el otro sábado,

en apenas cincuenta y cuatro e-mails.

 

Es raro, a los treinta estoy más con mis amigos

que a los quince.

Pero a veces tanta unión y felicidad me asustan,

en especial cuando mi compañero de al lado

me pregunta por una carpeta de no sé qué banco,

arrancándome, recordándome que estoy acá,

en el medio de aquello

que La Ley denomina

Jornada Laboral.

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Marcelo Vertua

Manchild

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Eels – Manchild

Tengo una sensación atrapada en esta canción, y la sensación tiene que ver con la infancia. Con el fin de la infancia y el nacimiento del miedo. Voy a seguir escuchándola una y otra vez hasta descubrir de qué se trata. Voy a corregirla y traducirla hasta tatuarme el qwert en la frente. Del inglés al español y del español a un idioma previo, que no logro descifrar. Voy a pasarla hasta delirar. Voy a tomarla como tomo Paracetamol o Amoxidal. Voy a escucharla hasta curarme. Voy a correr con ella hacia las guardias. Voy a repartir auriculares explicando qué es lo que me pasa. Voy a dejar que me examinen, que me inyecten, voy a rascarme como un simio, voy a irme en gestos y palabras para regresar a casa seco, aséptico, con los escombros de una canción reducidos y empaquetados al vacío, en un tubo de ensayo.

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