Marcelo Vertua

El actor de lo que fui

Cuando era chico tenía un montón de fantasías eróticas. Algunas las cumplí y otras quedaron pendientes, hasta que dejaron de importarme. Supongo que la edad y una medicación anti-suicidio que me recetaron, tuvieron algo que ver. Lo cierto es que esas viejas películas porno se diluyeron dentro mi cerebro como una pastilla de Redoxón, y no dejaron rastro.

Ahora, en lugar de fantasías eróticas, tengo un montón de fantasías a secas, y las vivo como una liberación. Por fortuna, estas imágenes no me persiguen, no me obligan a humillarme, ni se intrometen en cada uno de mis pensamientos. Tampoco me causan daños colaterales. Las otras, las elaboradas a base de libido, una vez cumplidas solían llevarme directo a la culpa (“¡Cómo pudiste hacerme eso!”) o al arrepentimiento (“¡Cómo pude darle a eso!”)

Dentro de la larga lista de fantasías no sexuales, en orden creciente de deseo están:

Uno, ganar Roland Garros y festejar con cara de nada: sin saltar, sin arrodillarme y sin que se me escape la más leve lágrima o sonrisa.

Dos, ser famoso, salir en Intrusos, ser amigo de Polino, pelearme con Fort, que Tinelli me convoque a Bailando por un Sueño y decirle que no, que me ofrecieron un proyecto mucho mejor en Canal Encuentro.

Tres, estar en el trabajo y, ante la mínima contrariedad, decirle a mi jefe: “me tenés las pelotas llenas”, e irme y no volver, ni siquiera para cobrar la liquidación final…

Basta, esto huele al espíritu de un adolescente muerto en 1995.

Lo que más sueño, mi mayor fantasía es estar escondido. Sí, me encantaría vivir oculto. Y la clase de ocultamiento a la que aspiro no tiene nada que ver con el encierro, si no con la libertad. Mi gran sueño es moverme en las sombras, como un espía que ya no tiene nada que espiar, salvo su propia vida, para intentar recuperarla.

Para mí, la iluminación se logra a través del ocultamiento. Y aviso que no, que no estuve leyendo a Krishnamurti, a Maharishi ni a Mostaza Merlo. Nada más se trata de que una parte de mí, supongo que la más cobarde, no quiere que nada ni nadie lo alcancen, nunca más. De ahí el deseo de naufragar, de retirarme a una isla desierta, con notebook y wi-fi. Ese sería mi telegrama final, mi raquetazo al cielo, el sueño de no tener que bailar más por ningún sueño. Sería decirle chupala a las expectativas y a los mandatos. Chupala a las miradas severas, a los pequeños juicios y a las grandes excusas. Chupala a las noches y a los días en que algo o alguien estira el dedo índice para decirme quién soy.

Marcelo Vertua

Acerca de Marcelo Vertua

La información biográfica de MV, al igual que su vida, se encuentra en permanente estado de reconstrucción.

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