Leer era, entre otras cosas, un músculo que ella, al parecer, había desarrollado.
Alan Bennett (1934), novelista británico.
A la lectora no le gustan los números. Bueno, tampoco es tan así: mucho no le importan. La dispersan. Si frente a sus ojos aparecen números (una cuenta, el precio del tomate, la altura de una calle, el teléfono de alguien, su peso en la balanza), la reacción es automática y busca reemplazarlos por letras. Y aquí la tenemos, sin recordar cuánto pesa ella misma o cuál es el piso al que acaba de mudarse.



Hubiera completado el número de la ecuación con una letra griega como me enseñaron en la escuela, pero talvez si lo hubiera hecho el humor del sitio no aceptaría luego mi escrito que es lo que más me importa. Yendo al asunto… Me pregunto qué es peor, si no reconocer los números y reemplazarlo por letras (yo te comprendo estimada Lectora) o confundir una balanza con el ingreso a un antiguo ascensor o descensor.
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