Marcelo Vertua

The great esquivador

No sé si se debe a que siempre ando a las corridas, a mi timidez incurable, a mi personalidad estructurada, o a que soy un boludo a cuerda, pero lo cierto es que cada vez que veo en la calle a un conocido, huyo como si me encontrara frente a una legión de vampiros.
Puede tratarse de ex compañeros de colegio o de lo que sea, amigas de mi mujer, novias de amigos, vecinos, porteros… incluso hasta algún amigo o familiar: el único requisito para ser esquivables es que estén lejos del ámbito donde habitualmente trabo relación con ellos. A un compañero de trabajo lo saludo todos los días en la oficina, pero si a la noche lo veo en la puerta del cine, lo más probable es que esa noche yo termine viendo en casa, por cable, una película malísima.
Mis reflejos son tan rápidos, que ni siquiera sé qué cuál es la cadena de pensamientos que siempre me llevan a la misma conclusión: ¡desaparecer!
No me agrada ser así. Estoy seguro que esta “disfunción” me llevó a perder oportunidades de toda clase. Pero esquivar gente conocida es algo que no puedo dejar de… esquivar.
Analizándolo, creo que desde chico soy un esquivador nato. El tiempo y la tecnología nada más me perfeccionaron. De adolescente empecé usando anteojos oscuros, luego agregué los viejos walkman, y ahora, cuando alguien me llama de lejos, mi salvoconducto es el I-Pod. No hay cifras oficiales, pero estoy seguro de que mucha de esa gente que anda con los auriculares ensartados a las orejas, aparentando disfrutar de la música, no son más que Esquivadores Profesionales, tan cuidadosos de sus tímpanos, que llevan los aparatos apagados.
Quizá sea mi parte racional, esa que necesita tener todo programado y bajo control, la que me condicione. Para esa parte mía, si un encuentro no está estipulado, entonces es “riesgoso”. Hay que evitarlo.

¿Pero qué peligro puede haber, por ejemplo, en encontrarse con un compañero del primario?
Muchos, muchísimos: de arranque nomás, el tipo puede decirte “qué cambiado que estás”. Lo cuál sólo puede significar: “qué pelado”, o “qué gordo”, o “qué demacrado” se te ve. Quizá en el colegio era un tipo agradable, ¿pero quién te asegura que no se convirtió en un orangután que se la pasa mirando Sábados Tropicales? ¿Y quién te dice que no se le va a ocurrir invitarte a su casa (ahora vive pasando Ranelagh) para que conozcas a sus catorce hijos y recuerden juntos, hasta que la cerveza te salga por la orejas, las únicas dos anécdotas en común que se acuerdan?
Soy capaz de esquivar a gente a la que acabo de hablarle por teléfono, o escribirle en el muro algo así como: “¡A ver cuándo nos vemos! ¡Abrazo grande!”.
He abortado paseos y salidas planeadas con mucha anticipación, por el simple y repentino presentimiento de que en esos sitios podía encontrarme con alguien.
Por regla, los fines de semana evito shoppings y lugares donde haya aglomeraciones de gente, salvo discotecas (está oscuro y puedo camuflarme, es que cuando chupo me siento invisible) y recitales (ahí sé con certeza a quienes puedo encontrarme. Son pocos y suelen estar porreados).
Tanto en el subte como en el colectivo, infinidad de veces me hice el dormido, y muchas de esas veces me pasé apropósito, sólo para estar seguro de que el “enemigo” ya se había bajado.
El dueño de la empresa para la cual trabajo no es el mejor ejemplo porque está completamente pirado, pero huyo de él estando en su propia empresa (también lo hacen mis compañeros, los clientes, los proveedores, sus hijos, su esposa… todos menos la AFIP). Lo cierto es que un sábado a la tarde, paseando con mi mujer por Palermo, lo reconocí de lejos, entre un montón de gente. Miraba vidrieras junto a su nieta y su mujer, y caminaba lo más campante, directo hacia mí. En cuestión de segundos tendría a ese Hitler de pelo blanco frente a mí, con su clásico saludo socarrón de la cachetada suave en la cara, y el comentario: “pibe, al final vos las pasás mejor que yo”… De la desesperación, antes de que me distinguiera, solté la mano de mi mujer, me di vuelta, caminé en dirección contraria y me colgué de un colectivo que estaba arrancando… El alivio que sentí al pasar arriba del 39, frente a él, sin que me viera, justificó todas las explicaciones que después tuve que darle a mi mujer.

Marcelo Vertua

Acerca de Marcelo Vertua

La información biográfica de MV, al igual que su vida, se encuentra en permanente estado de reconstrucción.

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